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Después de haber escrito muchas páginas, quizás demasiadas, sobre cuestiones jurídicas, generalmente de carácter muy técnico (quiero decir dogmático o conceptual), mi jubilación como catedrático de Derecho civil me ha llevado a una situación que en buena medida esperaba y deseaba. Situación caracterizada sobre todo por la de encontrarme atrapado en la tentación de escribir sobre materias distintas al Derecho (no diré ajenas a él).
(…)
Mi descubrimiento de Quevedo se remonta, como creo que sucederá a tantos, a mi bachillerato elemental. Aquel tan añorado bachillerato elemental en el que, como luego ocurrió en el superior, tuve la fortuna de ser alumno de excepcionales profesores en el entonces único Instituto de Enseñanza Media de Bilbao. El descubrimiento fue a partir y a través de una de las obras de Quevedo que me parecen más representativas de su genial condición. Me refiero a El Buscón, que entonces leí en una edición anotada que se ajustaba al as carencias, pero también a los razonables límites, propios de un adolescente. No podría decir de qué edición estoy hablando, pero, desde luego, era lo bastante ilustrada para hacer entender con razonable dignidad una novela que, de otro modo, me habría dejado ayuno de tantos y tantos matices lingüísticos como los que exige el verdadero entendimiento de la narración quevedesca.

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