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Las muchas generaciones de estudiosos y de personas interesadas por el pasado que a lo largo de los siglos intentaron tener una idea cabal de las Guerras Cántabras se vieron siempre inmersas en un panorama frustrante y desolador. Desaparecida la parte que la historia de Tito Livio consagraba a este episodio, el sintético re sumen de acontecimientos que nos dejaron las versiones de Floro y Orosio, por un lado, y de Dión Casio, por otro, transmite la relevancia de un suceso que es engrandecido por la épica resistencia de los pueblos indígenas y por la presencia del mismo Octavio Augusto, por más que sea despojado, con razón, del vaho propagandista que impregnaba la política personal del César una vez concluidas las guerras civiles. Sin embargo, la dificultad de ordenar cronológicamente la serie de hechos de armas y la pertinaz imposibilidad para situar en el espacio geográfico el elenco de topónimos consignados por aquellos historiadores, los únicos referentes tangibles a que atenerse, sumían los relatos en una impenetrable penumbra. Los historiadores no se rindieron al desasosiego y desde hace siglos —los frailes L. A. de Carballo y E. Flórez ya desde los siglos XVII y XVIII— trataron de desentrañar el hermetismo de los textos apelando a suposiciones lógicas y a generosa imaginación. Con el paso del tiempo se tejieron y destejieron, así, innumerables reconstrucciones que requerían del lector no poca complicidad y abnegación. Pero ninguna evidencia material vino siquiera a gratificar los esfuerzos desplegados para ofrecer alguna recreación satisfactoria en el paisaje. Todavía a finales del siglo XX, las Guerras Cántabras

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